14 octubre 2008

Tapas de Alcantarilla

Artículo extraído y recuperado por Cross del último número de la revista cultural Bedoce, editada por D.P., en la que reaparece la sección Comiendo Yeso del reconocido crítico de arte y escritor Osano.

Quizá no todos recuerden a Antonio Robledo, el “artista”, totalmente desconocido hasta finales del 2005, momento en cual saltó a los medios de comunicación con su misteriosa y fugaz obra Tapas de Alcantarilla.
A principios de Febrero de ese año, en una página de internet creada a tal efecto llamada Arteacción, Robledo mostraba fotografías de calles de Nueva York, Paris, Ámsterdam, Londres, Madrid y Murcia en las que había sustituido las tapas de alcantarillado originales por otras con el escudo y el nombre de su pueblo, Alcantarilla (Murcia). Según explicaba en su página, las tapaderas habían sido robadas por él mismo en las calles de Alcantarilla y enviadas por correo a distintos paisanos repartidos por el mundo, excepto las de Murcia y Amsterdam, que una por cercanía y la otra por simpatía, habían sido colocadas por él en persona. Toda la acción, contaba Robledo, se llevó a cabo de forma sincronizada y coordinada, de forma que una vez los colaboradores repartidos por el mundo habían recibido las tapaderas, éstas fueron colocadas con pocas horas de diferencia. Las tapaderas originales de Nueva York, Paris, y el resto de ciudades le habían sido reenviadas a Robledo y, según explicaba, las había recolocado en calles de Alcantarilla pocos días después. Junto a las fotografías de Arteacción, venía una confusa justificación de su obra en la que se mezclaban conceptos como la globalización, la soledad del urbanita moderno y soltero, el Estado y sus instituciones que nos oprimían (especialmente los Ayuntamientos) y la arquitectura moderna que había terminado por volverse invisible. Se comprometía Robledo para terminar, a informar a los espectadores (visitantes de su página web), de cuándo y cómo eran localizadas las tapas de alcantarilla de Alcantarilla, aunque en el párrafo final de su explicación caía en un inexplicable pesimismo que le llevaba a dudar de que esto ocurriese, dado “lo poco que mirábamos las tapaderas que nos separaban de la inmundicia”.
La web de Arteacción ha tenido una repercusión pública inesperada, rebasando el ámbito de los blogs de Internet y pasando a los suplementos culturales de varios diarios nacionales e incluso se ha hecho mención a Robledo en algún telediario nacional. Las visitas diarias se multiplicaron y el proceso se retroalimentaba a través del foro que existe en la página, aun hoy activa.
Esta publicidad desencadenó en una serie de incidentes en los que al parecer, algunas personas robaron tapas de alcantarillado y las mostraron en otros blogs de Internet como las originalmente colocadas por Robledo. Incluso se intentaron subastar dos tapaderas presuntamente recuperadas, una en una calle cercana al Dam (Ámsterdam) y la otra en el Barrio del Carmen en Murcia. La polémica se vio acentuada por la imposibilidad de localizar a Robledo, que oculto tras su página web, no contestaba a los comentarios de los visitantes ni a los correos de seguidores, periodistas y críticos que pretendían ponerse en contacto con él. No participó en las discusiones entre los que demostraron que las fotos eran un truco fotográfico y los que afirmaban haber visto las tapaderas, y no había ninguna fotografía o dato personal que permitieran conocer su identidad, ni siquiera estaba confirmado que Antonio Robledo fuera su verdadero nombre.
Este silencio, su rostro desconocido, su misteriosa identidad, no fueron recursos publicitarios para atraer al publico, como muchos han interpretado superficialmente, sino que son la clave para comprender el sentido de la obra de Arteacción, porque Antonio Robledo no es ni siquiera un seudónimo que oculta a alguien sino que, en realidad, Antonio Robledo fue la obra artística presentada.
En Tapas de Alcantarilla encontramos una acción poco original, mezcla de gamberrada, chusco juego de palabras, y entretenimiento de pseudo-intelectual de provincias, pero con ella aparece otra obra encubierta, en un segundo plano, y esta obra es precisamente Antonio Robledo, el personaje escondido, que da unas justificaciones a su obra entre lo ridículo y lo banal, que pretende hacer arte con un chiste de estudiantes borrachos.
Este personaje, verdadero objetivo del autor, queda caracterizado en los pocos datos que se muestran en su web y en las explicaciones que él mismo da, todas ellas un batiburrillo de ideas fabricadas por los medios de comunicación y lideres de opinión, sin un contenido personal, sin expresión propia. Su edad, 47 años, es el único dato que aparece en el perfil de blogguer. El lugar donde vive, Alcantarilla, una pedanía cercana a Murcia, lo sitúan en una capital de provincia mediana, lo suficientemente grande para que aparezcan artistas frustrados, (en los pueblos pequeños los artistas locales son honrados y reconocidos) pero lo suficientemente pequeña para que las grandes capitales de Europa y Estados Unidos le parezcan dignas de aparecer en su obra. También el hecho de que relacione el arte con una acción vandálica, con una finalidad pretendidamente social, reivindicativa de no se sabe bien qué, utilitaria, en confrontación a una visión mas pura, estética, íntima, presenta a Robledo entre los que creen tener algo que decir, y que lo que tiene que decir es importante, y no saben que lo ellos hacen lo han hecho otros antes y mejor. Robledo siente simpatía por Ámsterdam símbolo para muchos de su generación de las transgresiones, del sexo fácil, de las drogas no marginales ni prohibidas, de la Europa desinhibida en contraposición a su Alcantarilla natal y su vida convencional. Para Robledo el arte es una válvula de escape, no para su creatividad, que no la tiene, sino a su vida anónima y a sus ganas de sentirse alguien especial.
Es fácil, después de ver Tapas de Alcantarilla, imaginarse a Antonio Robledo en su pueblo, sintiéndose artista en secreto después de muchas lecturas extraídas de la biblioteca municipal, planeando su obra y llevándola a cabo de forma minuciosa y paciente, poniéndose en contacto con los que le deben ayudar y pidiéndoles por favor discreción, saboreando de antemano el éxito que cree que va a tener, disfrutando de la sensación de tener un secreto, su identidad de artista en Internet, que le hace distinto y especial a los demás. Robledo es inseguro por eso no se muestra directamente, pero ansía el reconocimiento de su arte, por eso lo enseña. Seguro que Antonio Robledo contará su secreto poco a poco a los íntimos primero, luego, conforme se va esfumando su efímera fama en Internet, a algún conocido relacionado de alguna forma con el mundo del arte, y finalmente pondrá su foto en Arteacción, cuando las visitas se reduzcan solo a las suyas propias, y ya nadie entre en su página ni hable sobre él.
En definitiva, viendo Tapas de Alcantarilla, no podemos quedarnos en la contemplación aburrida de una ocurrencia más en el panorama del todo y cualquiera vale del arte actual, sino que debemos buscar al personaje llamado Antonio Robledo, que es la verdadera creación de un artista desconocido. Este autor, anónimo de momento, partiendo de la idea, acertada o no, de que la obra define al autor, nos presenta al inexistente Antonio Robledo a través de su ficticia obra Tapas de Alcantarilla consiguiendo un perfecto retrato del personaje.
Deberíamos tal vez investigar a ese artista desconocido que ha creado a Antonio Robledo, y para ello podríamos utilizar su obra, igual que encontramos a Robledo a través de Tapas de Alcantarilla. Sabemos el corto alcance de lo que pretendía expresar Robledo con su obra pero no sabemos qué quiere contarnos este artista desconocido a través de Robledo, ni por qué lo cuenta sin decir que lo está contando, lo que ha llevado a muchos a confundir su obra con la realidad. Quizás nos invita a que busquemos, al igual que hace él, la personalidad de alguien que inventa a Antonio Robledo a través de Tapas de Alcantarilla, pero prefiero dejar este razonamiento aquí, no seguir investigando, porque seguro que en algún momento aparecerá el verdadero artista a firmar su obra, y sobretodo, porque no sabría si este artista desconocido no sería a su vez invención de otro y así sucesivamente, hasta caer en el error de que todo lo escrito, lo mostrado, lo enseñado, puede ser artístico si no es verdad.



21 junio 2008

El demonio de los Xotpot

El demonio al que adoran estos salvajes se llamaba Regis Montiel Molina, nació en España en 1827 y, según mis investigaciones, era un auténtico imbécil.
Los salvajes conservan su diario como reliquia aunque no entienden lo que dice, junto con algunos de sus harapos, su casco de explorador abollado y una parte de su dentadura. Lo guardan todo en la cabaña del hechicero, que es el más borracho de todos ellos, debajo de un pequeño altar con velas siempre encendidas y vasijas llenas de sangre de animales e insectos. Yo he leído su diario.
También he podido traducir los Libros Antiguos de los Xotpop, los que escribían los abuelos de estos pocos indígenas borrachos e incultos que quedan ahora como rescoldos malolientes de la hoguera de sabiduría que fueron sus antepasados. He revisado además, a través de un buen amigo, algunos periódicos y las crónicas de sociedad de la época y así he reconstruido su historia. Por eso puedo asegurar que Regis no es un demonio.
El propio Regis relata en su diario, con caligrafía algo infantil y ordenada, cómo sale de España con 21 años hacia esta selva en busca de su tío materno el misionero Andrés Molina de San Miguel, del que su familia no recibía noticias desde 1842. Regis reconoce que, además de encontrar a su tío al que no había visto nunca, le mueven el afán de aventuras y las ganas de impresionar a una tal Clara Martinez de Mandoble, que le ignora sistemáticamente, tiene una mirada ”lánguida y melancólica”, y es la causa de su cursi e inmaculado sufrimiento. Así, seis meses después de su partida desde España y tras un viaje en barco en primera clase, una travesía en coche de caballos con sus diez criados hasta la cuidad de Machoc y un viaje en caballo de una semana con seis mulas y tres baúles de equipaje, consigue llegar a la aldea en la que su tío había sido visto por última vez.
A partir de ese momento sus anotaciones en el diario se hacen mas espaciadas y confusas pero al parecer es informado de que el misionero Andrés de Molina entró en la selva hace unos cinco años en busca de los Xotpot, tribu desconocida en la época por los hombres blancos, y desde entonces no se tenían noticias suyas. Regis decidió internarse en la selva en pos de los pasos perdidos de su tío, para lo cual “debe prescindir de dos de sus baúles y cinco criados repentinamente enfermos”, y tras un número incierto de jornadas a pie por la selva, en las que perdió su baúl y sus criados, y afectado levemente por una fiebre que le hacía delirar y deambular desorientado por la selva, apareció en las puertas de Tiuplen, la ciudad donde vivían los Xotpot. Regis fue cuidado por los Xotpot durante varios días mientras se recuperaba de la fiebre y mediante gestos empezó a comunicarse con los indígenas. En la última página de su diario escribe “Estoy maravillado con las atenciones recibidas de estos salvajes. He bebido extraños brebajes que me han aliviado del sueño y la fiebre, he comido plantas que me han fortalecido, y lo mas importante de todo es que conocen el paradero de mi tío Andrés al que probablemente podré ver en breve si he entendido bien al que parece ser el jefe de la tribu. Clara estará orgullosa y espero que mi tío no se oponga a volver a España conmigo para casarnos.”
Aquí se interrumpe el diario de Regis y el resto de la historia lo he entresacado de la traducción del último de los Libros Antiguos de los Xotpop, que he comprado a los salvajes a cambio de algo de alcohol barato.
En la Tercera Sonrisa de la Luna del Norte apareció otro hombre blanco a las puertas de la ciudad. Tampoco sabía hablar y sonreía continuamente sin motivo, moviendo la cabeza de arriba abajo. Los Mayores descartaron casi inmediatamente que fuera inteligente y decidimos darle las hierbas sagradas. Al final, la Noche de la Lluvia, lo subimos a lo alto de la pirámide principal, riéndonos con él no sabemos de qué, y en contra de lo que decían los supersticiosos nos lo comimos vivo. Esta vez no hubo suficiente carne para compartir entre todos los Cabezas de la ciudad y en el reparto se pusieron de manifiesto las luchas y envidias entre el Clan del Río y los demás Clanes. (…) Esa misma noche fue asesinado Xilot, el Cabeza del Clan del Mono y violados sus hijos e hijas. (…) Horas después la ciudad entera luchaba entre sí. Mientras los templos ardían con nuestros libros y nuestros dioses dentro y los hombres se mataban entre gritos y sangre, algunos Mayores con nuestras familias huimos a la selva y pudimos ver cómo el cielo nos castigaba en la noche, cómo el trueno callaba los gritos de los agonizantes, cómo el fuego de la noche comía ahora a los Xotpop que lo habían avergonzado (….) Esa noche los Xotpot nos marchamos para siempre de nuestra ciudad maldita, empezamos a olvidar nuestra historia y dejamos de ser los elegidos (…)”
Este final apocalíptico que El Libro Sagrado de los Xotpot confunde con una maldición, se corresponde al meteorito que cayó en la selva a mediados del siglo pasado y que ha sido el motivo precisamente de que yo me acercara a este rincón olvidado del mundo, mas de cien años después, enviado por el Instituto Geológico de Londres, dentro de su programa de investigaciones de nuevos minerales.
Los pocos indígenas que salieron de la ciudad destruida de Tiuplen llegaron a los límites de la selva y se establecieron formando este pequeño y misarable poblado, a medio camino entre la civilización y la selva, degenerando en sus costumbres y ritos, convirtiéndose en borrachos que malviven de los pocos visitantes que, como yo, llegan atraídos por los restos del meteorito.
Esta es la historia de Regis Montiel Molina, que no es ningún demonio por mucho que lo coloquen en los altares los salvajes, por mucho que lo invoquen y le recen, por muchas velas y hierbas que le ofrezca el hechicero. Regis era mortal y los salvajes están confundidos, la historia lo demuestra, aunque yo me ahogue desde que me maldicen en su nombre,
aunque me esté consumiendo desde que le invocaron para matarme,
aunque lo oiga gritar de miedo cuando cierro los ojos,
aunque su aparición no me haya dejado dormir en días.

07 abril 2008

1000 lugares que olvidar

Fragmento del libro de viajes “1000 lugares que olvidar”, de autor anónimo, que sirvió de guía por Europa al escritor Roque Sandoval en sus viajes entre los años 2003 y 2004 y que le condujo a una muerte temprana y solitaria. Rescatado por el Dr. Cross de los archivos de la Biblioteca Nacional.


Se llega al local caminando en solitario, sin rumbo, y casi sin dinero entre las casas viejas cercanas al puerto. El viajero lo encontrará abierto casi siempre, pero para disfrutarlo en toda su plenitud es recomendable visitarlo a la hora en que todo el mundo tiene algo que hacer o a alguien que le espera. Es imposible confundirse porque es el único de la calle que tiene un perdedor sentado en cada taburete de la barra metálica. Los tubos fluorescentes del techo empapan el humo de una luz amarillenta, húmeda, y mortecina, que resbala por el ambiente sin fuerzas para llegar al suelo de losas grises lleno de servilletas, colillas apuradas y serrín. Un pequeño murmullo, hecho de silencios solitarios, vasos viejos observados con desgana y vidas aparcadas le da la bienvenida al visitante, que siempre encuentra un lugar en la barra o en las mesas pequeñas apoyadas en la pared.

Cualquier sitio le brindará al viajero la oportunidad de saberse ignorado en el fondo, pero quizás el mejor sitio para percibir la extrema sordidez del lugar se encuentre justo al lado de la puerta color amarillo hepático del pestoso retrete, junto al viejo del jersey marrón, que cree que bebe para aliviar la pena de su viudez. Desde allí podrá contemplar al camarero invisible y pálido, con el pelo canoso y su eterna camisa blanca y pantalón negro churretoso, secando con un trapo los vasos rayados, sirviendo el café con coñac, la cerveza en caña y el güisqui con un solo hielo, al que todos llaman jefe y que en realidad se llama Arturo Vazquez Buendía, que mató de una paliza a su mujer hace mas de veinte años, la enterró, la olvidó y desde entonces no sirve mas comida que la que viene en latas. Si tiene paciencia, el joven de pelo castaño y manos temblorosas que se sienta en la mesa al lado de la entrada, se acercará, le invitará a una cerveza y con los ojos llorosos le contará cómo le rechazó su amada, cómo lo despreció y le abandonó, cómo lo engañó con otros, y si es un oyente atento y perspicaz entenderá que el joven estaba en realidad enamorado del hermano de ella y que por eso tuvo la joven que marchar del pueblo avergonzada. También podrá oír los aires de grandeza de un antiguo abogado, que le detallará utilizando palabras grandilocuentes e inadecuadas la estafa que sufrió y le arruinó, y sus planes secretos e inminentes para vengarse, justo antes de solicitar su colaboración económica o una invitación a ginebra.

No se asombre cuando se rompa un vaso y brinden casi todos los viejos por la buena suerte en un tono grave, arrastrado y rápido que recuerda a las beatas rezando el Ave Maria, ni termine de creerse del todo la historia que le contarán cuando parpadeen los tubos fluorescentes del techo al entrar alguna mujer al bar sobre el niño de diez años que se suicidó en el almacén, ya que al parecer tenía al menos trece.

Podría el viajero, al observar las miradas vacías y turbias de los clientes, al conocer sus historias evidentes de fracaso, en este marco portuario, descolorido y decadente, confundirse y creerse al principio de una poética historia, con personajes heroicos paseando por el fondo de sus vidas, a punto de remontar el vuelo hacia tiempos de gloria, forjando su espíritu con la necesaria dosis de derrota para alcanzar la mas grande victoria, pero no sería mas que el espejismo que provoca el optimismo que acompaña siempre al viajero que busca lugares nuevos, porque lo cierto es que estará contemplando el lugar que hay justo mas allá del final de una vida desperdiciada.”

01 noviembre 2007

Malas Noticias

El grifo goteaba en la cocina sobre los platos sucios. Los coches hacían ruido en la calle. El aire entraba suavemente por la ventana entreabierta empujando la cortina. Dormía bocabajo respirando lentamente. El sol dibujaba rayas doradas en el suelo de madera al pasar por la persiana a medio bajar. El reloj digital marcaba las 09.33 en verde fosforito sobre la mesilla. Un pájaro se posó en la repisa de la ventana, tomó aliento y siguió volando. Se agarraba a la almohada y estaba casi destapado. A veces se oía el zumbido del ascensor poniéndose en marcha. Una lavadora centrifugaba la ropa de algún vecino. Unos pantalones y una camisa se arrugaban en un rincón de la habitación. Hacía un rato que el móvil había dejado de sonar encima de la mesa del salón, sin batería. Un claxon lejano intentaba mover un coche en doble fila. El marco del cuadro azul colgado en la pared reflejaba la luz del sol en el techo. Un cenicero lleno de colillas repartía ceniza silenciosamente debajo de la cama. El mensaje en el buzón de voz del móvil era urgente y desesperado, alguien lloraba. Un portazo amortiguado se arrastró por el hueco de la escalera. Una persiana metálica abría un día de trabajo en la calle. Un libro se limpiaba el polvo con el airecillo de la mañana en la estantería. El pelo sudado se le pegaba a la frente. Un cajón mal cerrado esperaba un empujón al orden. La luz le estaba ganando la batalla a la oscuridad en el pasillo. Un vaso vacío se sentía inútil al lado de unas gafas en la cómoda. Se revolvió un poco y siguió soñando que todo marchaba bien.

04 agosto 2007

Alex Jaundry

Conocí a Alex Jaundry una noche de febrero de 1974, en una exposición organizada por la New York Art School en la que se exponían algunas de sus pinturas junto con las de otros jóvenes artistas de la ciudad. De todos los cuadros que vi en aquella velada recuerdo la impresión que me causó Blue Stone Tears (1972), que hace unos meses alcanzó el precio de 1,56 millones de dólares en Sotheby´s. El propio Alex me hizo esa noche de cicerone a través de la galería, tras presentarnos Ian Horttien que era el coordinador de la exposición y que según me confesó mas tarde “no sabía cómo quitarse de encima a ese loco de Jaundry”. Alex hablaba con pasión de su obra y la de sus compañeros, guiándome de forma errática, agarrándome del brazo cuando se excitaba, quedándose meditativo y serio ante algún cuadro como si lo viera en ese momento por primera vez, alzando a veces la voz sin darse cuenta. Su capacidad para entusiasmarse ante un detalle, para captar la esencia de cualquier situación, para absorber como una esponja el sentimiento de cualquier obra, aislándola del procedimiento técnico necesario para conseguir el efecto, me hizo recordar mis primeros encuentros con el arte, cuando sentía la necesidad pura y física de ver un cuadro, cuando aprendía de mí viendo la obra de otros, y me conmovió.
Después de algunas visitas a su pequeño y ruinoso estudio en el Village y empujado mas por la personalidad de Alex que por la calidad que tenían entonces sus obras, me ofrecí a ser su mecenas, a introducirlo en los círculos artísticos de New York, a presentarlo en esa sociedad pagada de si misma, genial, pedante e innovadora que tan excelentemente ha descrito Clart Founy en su libro Birds died between the smoke (2001) y que marcaban las modas y tendencias del arte del mundo entero.
Su nombre pronto se hizo un hueco en las galerías más prestigiosas y sus cuadros eran seleccionados para viajar a los grandes museos europeos. Alex Jaundry se convirtió en la punta de lanza de la novedosa y amplia corriente Simple Thoughts of Colors, también llamados Sentimentalistas de la Realidad, personificada en sus inicios más puros por el propio Jaundry, la escocesa Vallie Dortccon, y el japones Hu Li Muotwo y que tanto ha inspirado en los noventa a Bruol, Jonh Blaster y otros. Perseguían la representación de los sentimientos, emociones e ideas a través de imágenes cotidianas interpretadas de la forma más realista.
Alex conseguía mantener ese espíritu original que me encandiló cuando nos conocimos y nuestra relación dejó de ser de mecenazgo, que ya no le hacía falta, y se convirtió en una amistad que a mi me servía para admirar sus ideas constantes y originales y a él, ahora lo veo claro, para aliviar la sensación de soledad que le producía su éxito. Incluso mantenía su pequeño estudio en el Village donde cenábamos y hablábamos los dos solos cuando él venía a la ciudad.
Sus obras dejaron de ser pictóricas y abarcaron otros campos de expresión como la fotografía, el video, perfomances y acciones, convirtiendo a Jaundry en un icono de la modernidad reconocido en el mundo entero.
La exposición con su serie de fotografías Ground that we were above (1989), en la que se muestran baldosas idénticas en distintas aceras de ciudades del mundo, fue la mas visitada en la historia del Sydney Art Museum y su video Enamored (1991) en el que dos jóvenes se besan durante treinta minutos a orillas del Sena mientras atardece, es un clásico de referencia del que ha vendido mas de un millón de copias en todo el mundo.
Sin embargo, son sus perfomances las que le dieron el reconocimiento de los sectores más vanguardistas de la crítica, tan reacia a valorar obras de aceptación y reconocimiento masivo. Su acción “Questions without answer” (2001) en la que pregunta en Tokio a cien personas por una dirección inexistente y obtiene setenta y tres indicaciones distintas o la perfomance “Bus dosn´t stop” (2002) en la que corre persiguiendo un autobús de la línea 34 por la calles de Murcia sin que el conductor se detenga, marcaron un antes y un después en la concepción de la interpretación realista y sentimental de las situaciones.
Poco días antes de su muerte en accidente de tráfico en Noviembre de 2004 recibí una nota de Alex que contenía una felicitación de Navidad, y un sobre cerrado con instrucciones para abrirlo el día 3 de Enero de 2005, a las 9.00 horario Costa Este. No me sorprendió la carta, ya que a Alex le gustaba escribir sus ideas y mandármelas por escrito para que yo las leyera.
La noticia de su muerte repentina y accidental, me sumió en la tristeza, y su ausencia se ha convertido en otro paisaje melancólico en mi vida. Las revistas especializadas sacaron ediciones dedicadas solamente a su obra. Todavía se organizan exposiciones recopilando sus trabajos, y encuentros donde artistas y críticos del mundo comentan sus ideas, sus aportaciones y analizan su vida, segundo a segundo, interpretando, estudiando y comparando. La más mínima de sus obras alcanza precios millonarios en las subastas y está en marcha un proyecto para convertir en museo su estudio en Greenwich Village.
Yo olvidé la carta hasta la mañana del día señalado, intentando inconscientemente alejar de mi recuerdo su compañía esporádica y enriquecedora. En el sobre, que abrí con los ojos húmedos y el corazón en un puño, encontré su última obra incompleta, la que hacía inútiles y vacías todas las teorías sobre su vida y obra, la que elevaría a la categoría de arte no ya su trabajo, sino su vida en sí misma. Un montón de folios escritos a mano, me explicaban que el día 3 de Enero de 2005, debía acudir a su estudio solo y con una cámara de fotos. Debería fotografiar su cuerpo muerto tumbado en la cama deshecha, su rostro blanco apoyado en la almohada con el pelo despeinado, su mano colgando apuntando al suelo, el bote de somníferos vacíos en la mesilla junto a su libro preferido de Bort Pender, a la policía y a los médicos llegando. Me aconsejó recopilar artículos sobre su muerte, entrevistar a algunos de sus amigos, y titularlo todo “Suicidio de un artista”.

20 junio 2007

La calle Brown

Yo siempre llegaba el primero a sentarme en el banco metálico de la esquina de las calles Milford y Brown. La aceras era anchas, había poco tráfico, y una vista estupenda de la tienda de licores, el colmado del señor Grobeshor y la barbería. Al otro lado de la calle estaba la parada del autobús al centro. Al rato venía Bob, arrastrando los pies, saludaba con la cabeza y se sentaba a mi lado. Nos pasábamos horas muertas allí, mirando todo y a todos, masticando el tiempo perdido y saboreándolo con las manos en los bolsillos. También venía casi siempre Francis, el vecino de Bob.
Era divertido pasar allí juntos los tres las tardes enteras y los días que no había colegio. Conocíamos casi todo del barrio y nos gustaba. Sabíamos que había que contar cuarenta y cinco desde que el semáforo se ponía en rojo hasta que cambiaba a verde, y luego ciento trece para que volviese a ponerse rojo. Sabíamos que en el siguiente autobús que llegaba a la parada, desde que se encendía el rótulo azul y luminoso de la licorería, se bajaba la chica que le gustaba a Bob. Sabíamos que el hombre con sombrero que vivía en el portal de al lado bajaba todas las tardes a comprar el pan y a encontrarse con la señora delgada y ojerosa que paseaba un perro pequeño y llorón. Eran buenos tiempos.
A veces pasaban cosas emocionantes. La tarde que el primo de Bob, Travis “el pelirrojo”, disparó a aquel policía, pasó corriendo justo por delante de nuestro banco. Entre resoplo y resoplo dijo un “Hola Bob”, sin mirarnos casi, y siguió corriendo como un loco calle Brown abajo, mientras las sirenas se oían cada vez más fuerte. Cuando unos días después Bob y sus hermanos fueron a visitarlo a la cárcel, Travis le dijo que no se acordaba de haberlo saludado.
También vimos en primera línea el accidente del camión cargado de cajas de cerveza que se saltó el semáforo y arrolló dos coches. Luego se estrelló contra la farola de la esquina opuesta a nosotros. Mató a un hombre que estaba dentro de uno de los coches. Le vimos la cabeza asomando por la ventanilla chorreando sangre oscura. Salió todo el mundo a la calle dando gritos y en el barullo cogí una caja de botellas de cerveza caliente y nos la bebimos a escondidas los tres. Fue la primera vez que nos emborrachamos.
Una tarde de verano llegó Búster. Se sentó con nosotros aunque no le conocíamos de nada. Era flaco, con el pelo rubio y los ojos grises. Estuvo un rato mirando la calle con nosotros, intentando hacerse nuestro amigo, contándonos que era nuevo en el barrio, que no tenía hermanos, que su padre vendía seguros. Se dio cuenta de que nosotros nos entendíamos con la mirada, después de tantas horas juntos en el banco, y que no le estábamos haciendo mucho caso. Francis jugaba distraídamente con los pies a ir moviendo una cajetilla de cigarrillos vacía por la junta de las baldosas de la acera. Búster cogió la cajetilla, la puso en la palma de su mano y con una voz demasiado ronca para su cara tan aniñada dijo “Mirad lo que hago”. Los tres observamos la cajetilla, su ceño fruncido y su mirada gris fija en el paquete de tabaco. Vimos como la caja de cartón se arrugaba sobre sí misma, como si una mano invisible las estuviera aplastando, hasta que quedó convertida en una bola de cartón del tamaño de una pelota de ping pong. Búster dejó caer la pelota y antes de que llegara al suelo le pegó una patada mandándola por encima de los coches que esperaban en el semáforo, mientas se reía a carcajadas. Los tres nos quedamos sorprendidos, pero empezamos a reírnos con él, nos había gustado el truco. Cuando Búster vio que nos reíamos, cogió una lata volcada que había cerca del banco y la convirtió en un disco metálico, sólo mirándola fijamente. Nos reíamos todos, asombrados, buscando el truco, abrumándole a preguntas. Él aplastaba todo lo que le dábamos y se le notaba contento con nuestra atención, no paraba de reír a carcajadas. Su cara blanca brillaba por el sudor y sus ojos grises pasaban rápidos y alegres de los objetos que aplastaba a nuestras caras. Mientras convertía en virutas las llaves de la casa de Bob, la señora delgada que paseaba todas las tardes a su perro pasó a nuestro lado, y el chucho empezó a ladrar como un loco en dirección a nosotros. La mujer hablaba con el hombre del sombrero, sonriendo como una quinceañera e ignorando al perro, que ladraba histérico. Búster, con la mirada fija en el llavero de Bob, frunció el ceño, arrugó un poco los labios y con la mano que le quedaba libre señaló al perro que quedaba casi a su lado. El animal ladró un poco más flojo y se encogió, dejando caer una baba sanguinolenta. Se quedó muerto en el suelo sin que la dueña se diera cuenta. Búster le dio a Bob un montoncito de hierros aplastados, y empezó a reírse otra vez, sin mirar siquiera al perro, esperando otra broma, otro objeto.
Nosotros también nos reímos, pero menos. Nos marchamos en seguida, los tres a la vez, cada uno por un lado, despidiéndonos de Búster entre risas. Desde aquella tarde ninguno volvió nunca más al banco a sentarse, a mirar los coches o a contar los cambios del semáforo, por miedo a que apareciera Búster y nos mirara mal.

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12 mayo 2007

El efecto mariposa

Artículo publicado en el número 27 de la revista Cartas Perdidas, (2012), según la investigación realizada en Archivo Nacional por el Dr. Cross.

En 1962 el metereólogo Edward Lorenz desarrollaba en el Massachussets Institute of Technology modelos matemáticos destinados a la predicción del tiempo. Sus estudios y las conclusiones a las que llegó fueron los principios de lo que se hoy conoce por Teoría del Caos. El matemático John Mirkovich, experto en programación, asistía en sus investigaciones a Lorenz, en concreto, introduciendo en los primitivos ordenadores del momento las series temporales y las ecuaciones a partir de las cuales se elaboraban las predicciones.
Mirkovich, nacido 35 años antes en Nueva York en una familia de inmigrantes rusos, escribía todas las semanas a su hermano Moldan que estudiaba arte en Viena. En sus cartas relataba su vida solitaria, su creciente obsesión por la literatura y los avances en los estudios matemáticos que estaban realizando. El siguiente texto es un fragmento de una carta de John dirigida a Moldan fechada en Junio de 1962, unos días antes de que en una conversación mientras almorzaba con Lorenz, John utilizase por primera vez la expresión “efecto mariposa” para resumir las ideas de Lorenz.

(...) Pongamos que el tímido Albert, como todas las mañanas, saluda a Marta, la recepcionista del edificio en el que trabaja y de la que se encuentra secreta y profundamente enamorado. Marta le sonríe afectuosamente, girando la cabeza y mostrando la estilizada curva de su cuello, pero en sus ojos, por primera vez desde que la conoce, Albert cree percibir una mirada oscura y triste que contradice la sonrisa luminosa que hace amanecer todos los días el corazón de Albert. Este velo de tristeza que ha percibido Albert le resulta desconcertante y le sume en un estado de nerviosismo durante toda la mañana, empujándole a tomar por fin la decisión de invitar a Marta a cenar después del trabajo, y así mostrarle su interés por ella. Durante las horas en las que Albert planea su cena, su trabajo, normalmente eficiente y meticuloso, se resiente, de forma que un pequeño retraso en la comprobación de una factura provoca que un camión que debía partir esa misma tarde hacia Delaware aplace su salida hasta la madrugada. Charles, el camionero, de naturaleza impaciente y observadora, sale del almacén a estirar las piernas mientras espera a que terminen de cargar su camión y no puede dejar de fijarse en que el coche rojo que pasa acelerando con los faros apagados tiene como matrícula su fecha de nacimiento. Cuando los dos policías se presentan en el almacén y solicitan con desgana la colaboración de los trabajadores para identificar al delincuente que persiguen, Charles no duda, orgulloso, en repetirles el número de la matrícula del coche rojo y dos horas después, Wilson Monee es detenido por sexta vez en sus 22 años de vida, aunque es la primera que le acusan de asesinato. En la celda en la que espera Wilson a que le tomen declaración, se encuentra Frank “bola de billar”, que, inmerso en una soberbia borrachera, no deja de amenazar con sus 156 kilos a un Wilson temeroso que se acurruca en un rincón intentando dormir para soñar que no está allí. Después de vomitar medio litro de güisqui Frank pierde el conocimiento cayendo encima de Wilson , que dormido, muere sin darse cuenta de que le han aplastado la cabeza contra el suelo.
De esta simple y espontánea forma, a partir de una mirada oscura y triste, no más insignificante, sincera, y digna de lástima que otras cientos de miradas oscuras y tristes justo en ese momento en el mundo entero, se desencadenan los sentimientos, los pensamientos y las acciones más trascendentes, como un mecanismo perfecto e irrepetible, imposible de planear su funcionamiento ni su alcance, y nos muestra la escasa probabilidad que tenemos de predecir el futuro azaroso, lleno de recovecos, pliegues y sombras, que creamos a cada instante. (…)

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